domingo 4 de octubre de 2009

El comienzo

Una oscura bruma inunda el valle acariciando sus suaves lomas, lamiendo cada minúscula forma de vida y empapándola de su frio manto. Solamente el brillo de una majestuosa luna vierte tímidos destellos originado un espectáculo de sombras y formas. Un lento viendo cabalga entre las ramas de unos otoñales castaños, arrancando sus delicadas hojas. Vagan entre un mar de tinieblas hasta que se posan en una sombra a lo lejos. Rasgadas ropas cuelgan de sus hombros. En estado de penitencia tiene sus rodillas clavadas en el suelo. Su mano derecha agarra con fuerza la empuñadura de larga espada, hundiéndola cada vez más en el frondoso suelo en el que yace. Pasan las horas de esta amarga noche, pero él no se mueve, su penitencia es larga y carga en sus hombros con el gran peso de la culpa. Nada lo inmuta, sus hundidos ojos están fijos en el suelo. Aunque aparentemente nada existe, sabe perfectamente que oculta este escondido santuario. No quiere hacerlo, es un gran riesgo… pero la culpa lo obliga, ya ha tenido su oportunidad y no ha podido. En señal de respeto levanta su pierna izquierda, usando su espada como bastón se apoya para incorporar su gran cuerpo. E inclinando su cabeza en señal de respeto:

- He sido para ti todo este largo tiempo, ahora no soy ni para mi. Tan solo esta culpa que me corroe hace de mis actos mi salvación.
Agarrando fuertemente la empuñadura de su arma con las dos manos, la eleva hasta que sus brazos no pueden más y con gran rabia, descarga su hoja contra el terreno.
- Aquí queda sellado mi destino, aquí donde una vez todo él quedó perdido.

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